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Patrimonio. Limpian muros de la Catedral Metropolitana de Guadalajara


Las labores que iniciaron una cuadrilla de diez restauradores y técnicos el pasado 12 de junio para retirar 400 metros cuadrados de graffiti durarán al menos, dos meses

La restauradora residente Montserrat González, integrante del equipo de diez expertos que realizan el retiro de 400 metros cuadrados de graffiti de la Catedral Metropolitana de Guadalajara. Fotos: ENRIQUE VÁZQUEZ

Enrique Vázquez Lozano / Guadalajara

Una cuadrilla de diez expertos y técnicos en restauración de la empresa ADA que dirige Alberto Rodríguez Preciado realiza desde el 12 de junio la limpieza de cerca de 400 metros de graffiti que se encuentra en los cuatro muros de la Catedral Metropolitana y El Sagrario Metropolitano ubicados en las calles del Paseo Fray Antonio Alcalde, Morelos, Liceo y avenida Hidalgo.

De acuerdo con Rodríguez Preciado se trata de un trabajo minucioso que durará al menos, dos meses. “Estamos eliminando el graffiti y la consecuencia del graffiti que manifestantes de marchas han dejado en estos muros. Consideremos que la cantera es una piedra porosa. Cuando alguien pinta en ella, la cantera absorbe la pintura  y se adhiere de una forma muy particular. Nosotros quitamos la primera capa de pintura con unos geles que elaboramos aquí mismo para no abonarle otros elementos malos y nocivos para a la piedra. Después de este proceso queda un halo, un fantasma de pinturas, que es necesario retirarlo proyectando en la superficie material a presión. Ahora bien, lo que hacemos no es un “Sand Blast”,  con grandes máquinas industriales y con arena sílica filosa. Nosotros combinamos una especie de arena sílica con otros elementos menos abrasivos y lo aplicamos con pequeñas pistolas de ollas pequeñas y boquillas pequeñas, es un trabajo bisturí, con la idea de no hacer tanto daño a la cantera”, dijo el experto.

Montserrat González Guzmán, restauradora residente de estas labores añadió: “Una de las partes más importantes de este proceso es la limpieza que realizamos con cepillo y solventes, para que el halo que quede al final sea el mínimo. En algunas zonas en donde la piedra es muy porosa y en donde hay mayor resistencia al retiro de la pintura,  tenemos que aplicar papetas. El proceso consiste en impregnar un papel algodón con el gel que estamos utilizando que colocamos por tres o cino minutos sobre la superficie que queremos limpiar, lo cubrimos con plástico para que el solvente son se evapore y después volvemos a tallar con los cepillos, de ahí que en cada jornada avancen por jornada una estimado de dos a tres metros cuadrados.

Luisa Herena Tapia Gálvez es la restauradora que por parte de la Arquidiócesis de Guadalajara es quien encabeza esta iniciativa, mientras que Wendy Silva es la restauradora perito del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) quien está supervisando dicha intervención.

Alberto Rodríguez Preciado. Foto: EV


Entre el Arte y la Ciencia: Farmacéuticos de Guadalajara en el Siglo XIX.


Lázaro Pérez un genio de la química y observador del cosmos

COLUMNA DE OPINIÓN

Retrato de Lázaro Pérez que se encuentra en Pinacoteca del Museo Regional de Guadalajara del Instituto Nacional de Antropología e Historia. (Foto: CORTESÍA)

Por el historiador Jesús Asdrúbal Ruiz Alcalá

El 3 de abril de 1900 a los 83 años murió en Guadalajara el farmacéutico Lázaro Pérez. De él, dijo el entonces periódico local Juan Panadero: “El martes último cerca de las cinco de la mañana, dejó de existir en esta ciudad el sabio naturalista, el eminente químico, Señor Don Lázaro Pérez, uno de los hijos más preclaros de Jalisco que supieron dar honra a su estado natal”.

¿A qué se debía esta alusión personal distinguida y valorada? ¿Por qué una calle de la colonia moderna actual en Guadalajara lleva su nombre?

Distintas fuentes documentales ayudan a responder las interrogantes.

José Pascual Lázaro Pérez Gutiérrez nació en Zapotlán El Grande, Jalisco; el 16 de diciembre de 1816, en el Barrio indígena del Sacramento.

Sus estudios los realizó en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Guadalajara, cursó la carrera de Farmacia, en dónde el 25 de mayo de 1841 recibió su título de farmacéutico.

Pero su distinción, se debía a que, en poco tiempo, después de obtener su título, fue reconocido socialmente como maestro farmacéutico, botánico, físico, químico y toxicólogo. Asimismo, su talente científico lo llevó a incursionar en el ámbito meteorológico y astronómico, pues en cuanto a lo último, “logró montar en 1874 el primer observatorio astronómico en Guadalajara, ubicándolo en su propia casa en la calle Santa Teresa (hoy Morelos), por ello, se le consideró un precursor de estos estudios en la localidad, y dónde, además, realizó observaciones meteorológicas de 1874 a 1886”.

Por otro lado, su papel docente y académico denotó su polivalencia profesional, pues

“Durante más de cuarenta años fue maestro de Farmacia, Toxicología, Física, Química, Botánica y Legislación Farmacéutica, en la escuela de medicina; y de igual manera, impartió clases en el Liceo de Varones de la ciudad”. Adicionalmente, en su trayecto en la educación superior, se le asignó la comisión de suscripción de periódicos científicos extranjeros “que versen sobre la medicina y farmacia, función que le llevó a presentar una lista de publicaciones periódicas de Europa, en lo relativo a la farmacia”. Es decir, realizaba una función que requería criterio científico notable y un aprecio a su preparación científica por otros académicos de la época.

Otro rasgo distintivo de su labor educativa y profesional es que “escribió varios textos sobre temáticas químicas para que sirvieran de apuntes a los estudiantes. Publicó algunos artículos sobre química y meteorología en el Boletín de la Sociedad de Ingenieros de Jalisco, y el 7 de julio de 1877 apareció su Estudio sobre el maguey llamado mezcal en el Estado de Jalisco, que fue publicado por la imprenta de Ancira”.

 Su profesión y preparación, le llevó también, a integrarse a las siguientes sociedades profesionales y organizaciones de la época, como fueron: La Sociedad de Clases Productoras, Cámara Mercantil, Junta Auxiliar de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, Sociedad de Ingenieros de Jalisco, y en 1859 participó en la fundación de la Academia Médica de Guadalajara, de la cual fue tesorero fundador.

Con algunas de las referencias documentales tocantes al legado de Lázaro Pérez, no es difícil asumir porque el periódico Juan Panadero realizaba alusiones tan distinguidas a su labor profesional y científica en Guadalajara, pero también, llama la atención que este tipo de personajes son desconocidos en la Guadalajara decimonónica, y más, si hablamos de boticarios o farmacéuticos, los cuáles pasan inadvertidos en nuestra historia regional como protagonistas en la comunidad científica de la ciudad.

Igualmente, explorar y observar el ámbito profesional de algunos farmacéuticos tapatíos del siglo XIX, nos confronta con las conceptualizaciones comunes que en ese tiempo existían, por ejemplo, el Dr. F Francisco de Asís Flores y Troncoso, en su monumental obra Historia de la medicina en México, editada en 1886; apuntaba que, los boticarios solo eran los encargados de la confección y despacho de los medicamentos, es decir, la reducía a una actividad utilitaria y artesanal, sin embargo, a la luz de su realidad tanto laboral como intelectual de algunos de ellos, se torna difícil congeniar con el concepto del Dr. Flores y Troncoso y otros autores, y al mismo tiempo, una descripción como la ya descrita, motiva la reflexión y debate, en cuanto a su verdadera importancia y función social.

Lázaro Pérez fue dueño de una botica ubicada en el número 18 de la calle Santa Teresa, considerada sucursal de la “Gran droguería de Lázaro Pérez e hijo” instalada en la calle Santa Mónica número 4, en ella se vendían productos varios de Europa y Estados Unidos.

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