Between Art and Science: Pharmacists of Guadalajara in the 19th Century
Vicarios y boticas en ciernes en el siglo XVI
Vicars and nascent apothecaries in the 16th century
COLUMNA DE OPINIÓN
Por el historiador Jesús Asdrúbal Ruiz Alcalá/By historian Jesús Asdrúbal Ruiz Alcalá

El concepto más común de botica como establecimiento dedicado a la preparación y despacho de medicamentos, era desconocido en América y “se materializó hasta la llegada de los españoles, ya que los indígenas tenían su propio sistema terapéutico”. Entre los indígenas, el despacho y venta de medicinas generalmente se realizaba en los mercados, este correspondiente a la botica española, se conocía en lengua náhuatl con el nombre de panamacani o papiani. Francisco Javier Clavijero señaló que “en el mercado de Tlatelolco y en los días festivos, se veían todas las drogas simples medicinales, yerbas, gomas, resinas y tierras minerales y los medicamentos ya preparados por los médicos, como bebidas, confecciones, aceites, emplastos y ungüentos”. Al igual que las boticas españolas se comerciaba con las medicinas, pero el espacio físico de venta, la forma de administración de productos, los productos mismos y la forma de elaborarlos era distinta.
Al respecto, Guillermo Fajardo Ortiz, señaló que la botica fue “una de las áreas estratégicas para promover y reafirmar la medicina colonial, las que hubo por doquiera [sic]”.
Así fue, que con previa autorización de los reyes españoles, la botica, a la que le antecedían algunos siglos de previa formación en su arte, poseedora también de reglamentos y códigos que orientaban y daban valor a sus prácticas, formaban parte de las instituciones en el área de salubridad que los españoles importaron a la Nueva España desde comienzos de la colonia en el siglo XVI, ello significa, que la botica desde su asentamiento primigenio en tierras novohispanas, no se caracterizó por la improvisación, sino que, su misión estaba bien delineada, esto es, operar de acuerdo a normas y criterios bien establecidos, y resolver problemas específicos de salud para la población española, ya que los indígenas mantenían su propio sistema terapéutico.
No obstante, recién comenzaron a establecerse y organizarse las primeras poblaciones novohispanas, se vieron obligadas en un primer momento, por diferentes circunstancias adversas a apropiarse en mayor o menor grado de elementos curativos indígenas como una alternativa de primera mano ante la enfermedad, y con ello, establecer con cierto sello distintivo un estilo terapéutico singular, en dónde la mayoría de religiosos de distinta órdenes se hicieron cargo de que ello fuera así, ya que éstos, fueron los que generalmente realizaban las actividades farmacéuticas en lo que se iban asentando, constituyendo y creciendo los primeros núcleos poblacionales novohispanos.
Ejemplos representativos que denotan la práctica farmacéutica de los religiosos, así como de una apropiación o acoplamiento de elementos indígenas en la botica española, se pueden apreciar a través de los escritos y relatos de los primeros frailes evangelizadores en la Nueva España, que parecían reconocer y admitir la materia médica y los poderes curativos de las plantas nativas, uno de ellos, sin duda, fue el seráfico Gregorio López (1542-1596) que en su libro Tesoros de la medicina para todas las enfermedades, se decía que, “[..] viendo que no tenían médico graduado, ni cirujano, compuso su libro de medicina de muchos remedios para distintas enfermedades […] De este libro se valían los hermanos de la cura de los enfermos […] que por el libro aplicaban los medicamentos a varias enfermedades como si el autor hubiera estudiado muchos años la facultad de medicina”. Lo relevante en este caso, es que dicho libro fue elaborado gracias a los conocimientos botánicos que adquirió Gregorio López en el jardín de Oaxtepec, que “fue construido por el gobernante Moctezuma Ilhuicamina, era sitio de esparcimiento de la élite mexica y de cultivo de plantas con propiedades medicinales, ello indica, que seguramente son las primeras experiencias farmacológicas en la Nueva España con vegetales originarios de la región, y un indicio de la admisión española de la terapéutica indígena, que poco a poco complementarían los estantes de las boticas.
De igual manera, por citar otro de ejemplo, Fray Bernardino de Sahagún (1499-1590) en su libro, Historia de las cosas de la Nueva España, escrito en náhuatl y luego traducido por su propio autor al español en 1582, informa sobre plantas, animales y minerales medicinales de la cultura náhuatl que sirven para la terapéutica, recopilación que pudo lograr gracias a la ayuda de los informantes nahuas.
Por ello, en la Nueva España, no fue extraño encontrar a lo largo del siglo XVI enfermerías y boticas en los conventos principalmente franciscanos con elementos curativos españoles y nativos.
En Guadalajara a mediados del siglo XVI cuando los franciscanos fundaron su convento en estas tierras, ya acostumbraban a atender a los enfermos en la portería de su convento. Por esos años se distinguió, según el cronista Fray Antonio Tello, un religioso lego del convento de franciscanos de la ciudad llamado Fray Francisco Tabares (en el mundo conocido como Leonardo) hijo del Doctor Enrique Tabares, que fue uno de los primeros médicos de Guadalajara, “fue enfermero mayor, médico y boticario […] y también era cirujano y barbero excelente […] la botica siempre la tuvo con mucho aseo y limpieza y en sus manos fue la mejor de la ciudad. Los más de los medicamentos los gastaba con los pobre necesitados”.
Estas son de las primeras y pocas referencias sobre boticas en Guadalajara en el siglo XVI, lo que nos muestra a primera vista, que los frailes a través de los conventos tuvieron un papel precursor en la consolidación de las boticas en una primera fase de colonización española en nuestra localidad. Los frailes mayormente franciscanos, fueron los primeros en ejercer prácticas médicas, tener boticas y despechar medicamentos en la ciudad, que, sin duda, en sus estantes podían contener materia médica de origen español y en cierto grado indígena, cumpliendo con ello, el cometido de entregar sustancias con las que las personas primeramente de la orden religiosa, y los demás necesitados podían obtener un alivio a sus enfermedades.
Con el tiempo, en los posteriores siglos de la colonia, las boticas irían consolidándose en los hospitales y en el espacio público.

The more common concept of an apothecary as an establishment dedicated to the preparation and dispensing of medicines was unknown in the Americas and “only materialized with the arrival of the Spanish, since the indigenous people had their own therapeutic system.” Among the indigenous people, the dispensing and sale of medicines generally took place in the markets; this, corresponding to the Spanish apothecary, was known in the Nahuatl language as panamacani or papiani. Francisco Javier Clavijero noted that “in the Tlatelolco market and on holidays, one could see all the simple medicinal drugs, herbs, gums, resins, and mineral earths, as well as medicines already prepared by physicians, such as drinks, concoctions, oils, plasters, and ointments.” Like Spanish pharmacies, medicines were traded, but the physical sales space, the way products were managed, the products themselves, and the methods of preparation were different.
In this regard, Guillermo Fajardo Ortiz pointed out that the pharmacy was “one of the strategic areas for promoting and reaffirming colonial medicine, of which there were many [sic].”
Thus, with prior authorization from the Spanish monarchs, the pharmacy, which had centuries of prior training in its art and possessed regulations and codes that guided and validated its practices, became part of the public health institutions that the Spanish brought to New Spain from the beginning of the colony in the 16th century. This means that the pharmacy, from its initial establishment in New Spain, was not characterized by improvisation, but rather its mission was well-defined: to operate according to well-established norms and criteria, and to resolve specific health problems for the Spanish population, since the indigenous people maintained their own therapeutic systems.
However, as the first settlements in New Spain began to establish themselves and organize, they were initially forced, due to various adverse circumstances, to adopt indigenous healing practices to a greater or lesser degree as a primary alternative to illness. This led to the establishment of a distinctive therapeutic style, largely overseen by religious figures from different orders, who generally carried out pharmaceutical activities as the first population centers of New Spain were established, formed, and grew.
Representative examples that denote the pharmaceutical practice of religious figures, as well as an appropriation or adaptation of indigenous elements in Spanish pharmacy, can be seen in the writings and accounts of the first evangelizing friars in New Spain, who seemed to recognize and acknowledge the medicinal properties and healing powers of native plants. One of them, undoubtedly, was the Seraphic Friar Gregorio López (1542-1596), who, in his book Treasures of Medicine for All Diseases, stated that, “[…] seeing that they had no graduated physician or surgeon, he composed his book of medicine with many remedies for different diseases […] The brothers used this book to cure the sick […] applying the medicines to various diseases as if the author had studied medicine for many years.” What is relevant in this case is that this book was compiled thanks to the botanical knowledge Gregorio López acquired in the garden of Oaxtepec, which “was built by the ruler Moctezuma Ilhuicamina, was a recreational site for the Mexica elite and a place for cultivating plants with medicinal properties. This indicates that these were surely the first pharmacological experiments in New Spain with plants native to the region, and an indication of the Spanish acceptance of indigenous therapeutics, which would gradually complement the shelves of pharmacies.
Similarly, to cite another example, Fray Bernardino de Sahagún (1499-1590), in his book, *History of the Things of New Spain*, written in Nahuatl and later translated by the author himself into Spanish in 1582, reports on medicinal plants, animals, and minerals of the Nahuatl culture used for therapeutic purposes, a compilation he was able to achieve thanks to the help of Nahua informants.
Therefore, in New Spain, it was not uncommon to find infirmaries and pharmacies in convents, primarily Franciscan, throughout the 16th century, stocked with both Spanish and native medicinal remedies.
In Guadalajara, by the mid-16th century, when the Franciscans founded their convent in these lands, they were already accustomed to attending to the sick at the convent’s entrance. During those years, according to the chronicler Fray Antonio Tello, a lay brother of the Franciscan convent in the city, named Fray Francisco Tabares (known in the world as Leonardo), son of Doctor Enrique Tabares, distinguished himself. He was one of the first physicians in Guadalajara, “he was head nurse, physician, and apothecary […] and he was also an excellent surgeon and barber […] he always kept the pharmacy very clean and tidy, and in his hands it was the best in the city. He used most of the medicines for the poor and needy.”
These are among the earliest and few references to pharmacies in Guadalajara in the 16th century, which shows us at first glance that the friars, through their convents, played a pioneering role in the establishment of pharmacies during the first phase of Spanish colonization in our city. The friars, mostly Franciscans, were the first to practice medicine, operate pharmacies, and dispense medications in the city. Undoubtedly, their shelves contained medicinal substances of Spanish and, to some extent, indigenous origin, thus fulfilling the mission of providing substances with which members of the religious order, and other needy individuals, could find relief from their illnesses.
Over time, in subsequent centuries of the colonial period, pharmacies became more established in hospitals and in public spaces.
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