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La nota breve


En memoria de Michael Madsen  el «One million tears over 35 years«

Columna de Opinión

Michael Madsen en Reservoir Dogs (1992) de Quentin Tarantino. Foto: ESPECIAL

Por Enrique Vázquez Lozano

Críticos, fans y uno que otro poeta se han referido a Michael Madsen (Chicago 1957- Malibú 2025) como un actor capaz de encarnar a personajes que encajan en una amplia gama de contrastes, desde la sonrisa sensible a la mirada oscura de la maldad más profunda.

Más allá de Reservoir Dogs (1992) y Kill Bill Vol.2 (2004) de Quentin Tarantino, algunos han colocado al también fotógrafo y poeta como la encarnación misma del espíritu beat por textos como “Tears” del poemario Burning in Paradise… en el que está incluida la frase: «One million tears over 35 years«…

El cinéfilo curioso, algún interesado en la poesía o fan de Madsen puede encontrar – si no lo ha hecho aún- en plataformas comerciales de prestigio, The Complete Poetic Works of Michael Madsen: 1995-2005: Susurros que esbozan momentos íntimos y de recogimiento entre locaciones de rodaje  en Hollywood, Durango, Bucarest o Luxemburgo, arropados por fotografías propias dentro y fuera del set…

Un caleidoscopio que expira atmósferas de soledad, de compañía con amigos, familia o mascotas… una suerte de cuaderno de viaje que ha quedado para la posteridad como testigo de una trayectoria profesional exitosa y prolífica con la participación en más de 300 proyectos cinematográficos… y de una vida de excesos y particular frenesí…

Madsen fue de ese tipo de actores que utilizaba métodos controversiales para construir a sus personajes. Por ejemplo, logró despertar una gran fascinación entre directores de cine de suspenso cuando se hizo público el hecho de que buscó convivir con exmafiosos y agentes infiltrados para adentrarse en su papel de Dominick “Sonny Black” Napolitano en Donnie Brasco (1997) de Mike Newell.

Hay mucho Madsen detrás del tipo duro que empuña una navaja mientras se escucha  “Stuck in the Middle with You”, y más allá del rostro áspero del cine noventero que encarnó fascinantes personajes, la mayoría del bajo mundo y maldad estilizada que encontramos, además de las cintas ya mencionadas, en otras como The Hateful Eight (2015) de Tarantino y 24, Temporada 7  (2009).

La lista de villanos Madsen, puede dar lugar a una interesante trivia: Entre Mr. Blonde, Budd, Sonny Black y Jonas Hodges, ¿cuál es su malvado preferido? ¿Habrá quien idolatre en lugar de todos ellos a Toni Cipriani del videojuego Grand Theft Auto III (2001)?

Es bien sabido que el joven corredor de autos que se refugió en el teatro después de sufrir varios accidentes, llegó a la industria bajo la tutela de John Malkovich. Mucho se ha hablado de que no logró obtener el papel de Vincent Vega en Pulp Fiction (1994) de Tarantino, debido a que ya estaba comprometido en Wyatt Eap (1994) de Lawrence Kasdan y finalmente Tarantino le pasó el rol a John Travolta, también él mismo dio a conocer en varias entrevistas que rechazó numerosas ofertas de grandes franquicias para interpretar a superhéroes.

Su interés por explorar el lado oscuro del alma humana también quedó plasmado en películas independientes que produjo o dirigió como Cash Collectors (2025) de Dominique Milano.

En American Badass: A Michael Madsen Retrospective (2023) de Milano, se puede ratificar que los clásicos como Madsen no se van.. sólo cambian de plano.

El contenido de esta columna de opinión es responsabilidad única del autor

Entre el Arte y la Ciencia: Farmacéuticos de Guadalajara en el Siglo XIX.


Lázaro Pérez un genio de la química y observador del cosmos

COLUMNA DE OPINIÓN

Retrato de Lázaro Pérez que se encuentra en Pinacoteca del Museo Regional de Guadalajara del Instituto Nacional de Antropología e Historia. (Foto: CORTESÍA)

Por el historiador Jesús Asdrúbal Ruiz Alcalá

El 3 de abril de 1900 a los 83 años murió en Guadalajara el farmacéutico Lázaro Pérez. De él, dijo el entonces periódico local Juan Panadero: “El martes último cerca de las cinco de la mañana, dejó de existir en esta ciudad el sabio naturalista, el eminente químico, Señor Don Lázaro Pérez, uno de los hijos más preclaros de Jalisco que supieron dar honra a su estado natal”.

¿A qué se debía esta alusión personal distinguida y valorada? ¿Por qué una calle de la colonia moderna actual en Guadalajara lleva su nombre?

Distintas fuentes documentales ayudan a responder las interrogantes.

José Pascual Lázaro Pérez Gutiérrez nació en Zapotlán El Grande, Jalisco; el 16 de diciembre de 1816, en el Barrio indígena del Sacramento.

Sus estudios los realizó en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Guadalajara, cursó la carrera de Farmacia, en dónde el 25 de mayo de 1841 recibió su título de farmacéutico.

Pero su distinción, se debía a que, en poco tiempo, después de obtener su título, fue reconocido socialmente como maestro farmacéutico, botánico, físico, químico y toxicólogo. Asimismo, su talente científico lo llevó a incursionar en el ámbito meteorológico y astronómico, pues en cuanto a lo último, “logró montar en 1874 el primer observatorio astronómico en Guadalajara, ubicándolo en su propia casa en la calle Santa Teresa (hoy Morelos), por ello, se le consideró un precursor de estos estudios en la localidad, y dónde, además, realizó observaciones meteorológicas de 1874 a 1886”.

Por otro lado, su papel docente y académico denotó su polivalencia profesional, pues

“Durante más de cuarenta años fue maestro de Farmacia, Toxicología, Física, Química, Botánica y Legislación Farmacéutica, en la escuela de medicina; y de igual manera, impartió clases en el Liceo de Varones de la ciudad”. Adicionalmente, en su trayecto en la educación superior, se le asignó la comisión de suscripción de periódicos científicos extranjeros “que versen sobre la medicina y farmacia, función que le llevó a presentar una lista de publicaciones periódicas de Europa, en lo relativo a la farmacia”. Es decir, realizaba una función que requería criterio científico notable y un aprecio a su preparación científica por otros académicos de la época.

Otro rasgo distintivo de su labor educativa y profesional es que “escribió varios textos sobre temáticas químicas para que sirvieran de apuntes a los estudiantes. Publicó algunos artículos sobre química y meteorología en el Boletín de la Sociedad de Ingenieros de Jalisco, y el 7 de julio de 1877 apareció su Estudio sobre el maguey llamado mezcal en el Estado de Jalisco, que fue publicado por la imprenta de Ancira”.

 Su profesión y preparación, le llevó también, a integrarse a las siguientes sociedades profesionales y organizaciones de la época, como fueron: La Sociedad de Clases Productoras, Cámara Mercantil, Junta Auxiliar de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, Sociedad de Ingenieros de Jalisco, y en 1859 participó en la fundación de la Academia Médica de Guadalajara, de la cual fue tesorero fundador.

Con algunas de las referencias documentales tocantes al legado de Lázaro Pérez, no es difícil asumir porque el periódico Juan Panadero realizaba alusiones tan distinguidas a su labor profesional y científica en Guadalajara, pero también, llama la atención que este tipo de personajes son desconocidos en la Guadalajara decimonónica, y más, si hablamos de boticarios o farmacéuticos, los cuáles pasan inadvertidos en nuestra historia regional como protagonistas en la comunidad científica de la ciudad.

Igualmente, explorar y observar el ámbito profesional de algunos farmacéuticos tapatíos del siglo XIX, nos confronta con las conceptualizaciones comunes que en ese tiempo existían, por ejemplo, el Dr. F Francisco de Asís Flores y Troncoso, en su monumental obra Historia de la medicina en México, editada en 1886; apuntaba que, los boticarios solo eran los encargados de la confección y despacho de los medicamentos, es decir, la reducía a una actividad utilitaria y artesanal, sin embargo, a la luz de su realidad tanto laboral como intelectual de algunos de ellos, se torna difícil congeniar con el concepto del Dr. Flores y Troncoso y otros autores, y al mismo tiempo, una descripción como la ya descrita, motiva la reflexión y debate, en cuanto a su verdadera importancia y función social.

Lázaro Pérez fue dueño de una botica ubicada en el número 18 de la calle Santa Teresa, considerada sucursal de la “Gran droguería de Lázaro Pérez e hijo” instalada en la calle Santa Mónica número 4, en ella se vendían productos varios de Europa y Estados Unidos.

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